La melancolía ha dejado de ser un dominio de interés del
psiquiatra, como lo han sido tantos otros, abandonadnos con una ligereza tal
que ya no es más que un mero prescribir y derivar. Una vez que se ha dejado la
melancolía a filósofos y literarios, a los que se han unido voluntariamente los
psicoanalistas, los psiquiatras han perdido su función crítica y se entregan
complacientes a curar a una sociedad
deprimida.
-Fernando Colina
De manera continua escuchamos a nuestro alrededor lo
abrumada que se encuentra nuestra sociedad por la vida tan ajetreada que se da
en el siglo XXI. Las idas y venidas de la dinámica laboral y social no permiten
que las personas se detengan, menos que dejen de desear; la exaltada velocidad
con la que las personas desean llega a presentar un reto complicado de
controlar, lo que inevitablemente los empuja al fracaso depresivo. Según Colina
en su texto Melancolía y paranoia
asegura que vivimos en una sociedad que se ha denominado así misma frágil y
efímera donde impera la rapidez. Sin embargo, hasta cierto punto seguimos
siendo prisioneros de nuestro momento en el tiempo, a la par la tecnología, las
ciencias que tenemos presentan una desconexión entre los que sabemos y lo que
hacemos. Con ello presente no nos debe sorprender que con los fármacos, como lo
describe Colina, los psiquiatras tratan de curar
a una sociedad deprimida por medio de antidepresivos y estabilizadores del
ánimo; pues lo que se busca en la actualidad es la eficacia y la productividad.
Donde se le asigna un mote cientificista a la tristeza, reduciéndolo a un
concepto moderno de enfermedad, aunado a ello expresa la intolerancia actual
por la tristeza. Freud consideraba a la tristeza en el campo de la normalidad
siempre y cuando no sobrepasara el nivel del duelo o aflicción; decía que la
tristeza se trata de un estado que le impone desviaciones de su conducta normal.
Confiamos en que al cabo de algún tiempo desaparecerá por sí sola […] (Freud, 1975:241-242).
Cabe destacar que la melancolía se ha incluido -a
escondidas- en el campo de las neurosis con la forma (oculta) de la depresión.
La depresión se ha convertido en la gran neurosis contemporánea transformando
abruptamente la tristeza cotidiana en un acontecimiento morboso, algo que se
debe callar. López Ibor en un artículo titulado Equivalentes depresivos propone llamar a las melancolías como
depresiones, elucubrando que la palabra resulta menos opresiva, menos
sobrecargada. Con esto dio pie a que la psicopatología quedará reducida a una enfermedad
del humor. Denotando un reduccionismo al biologizar la neurosis y simplificándola.
La depresión se convirtió poco a poco en la enfermedad
del siglo XXI pero, ¿por qué se ha ganado ese mote?, ¿La depresión es una
enfermedad? Comenzaré este breve análisis con el texto de Sigmund Freud Duelo y Melancolía hilvanándolo con el
texto de Fernando Colina llamado "Melancolía
y paranoia".
Freud comienza su ensayo dedicado a la melancolía con un
estudio comparativo donde demarca las cualidades del duelo y a partir de estas
elucidaciones comienza a articular el esclarecimiento de la melancolía, procediendo
de modo diferente en que años atrás describió a Fliess a la melancolía en el
Manuscrito G. Años después Freud volvió a reabrir el tema utilizando dos
conceptos que serán fundamentales en Duelo
y Melancolía. El Narcisismo y el ideal del yo. También hace uso de varias
analogías entre sendos cuadros generales para justificar este método. Menciona
que cuando se descubren las causas se encuentran coincidentes, pues: "El
duelo es, por lo general, la reacción a la pérdida de un ser amado o de una
abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal, etc.” (Freud, 1975:241).
Y las mismas influencias pueden provocar en algunas personas
el cuadro melancólico. Otro comentario que suele recordarse hecho en este
contexto es el de que pese a lo alejado de la normalidad que se encuentra el
duelo, no obstante no debe tratarse como si fuese un estado patológico y antes
bien esperar a que desaparezca por sí solo. En cuanto al cuadro del melancólico,
afirma:
“La melancolía se caracteriza psíquicamente por un estado
de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo
exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las
funciones y la disminución de amor propio. Esta última se traduce en reproches
y acusaciones, de que el paciente se hace objeto a sí mismo, y puede llegar
incluso a una delirante espera de castigo […]” (Freud,
1975:242).
Cabe destacar que el duelo muestra los mismos rasgos,
excepto por uno que es la perturbación del sentimiento de sí. De tal suerte
Freud arguye que se trataría entonces de una regresión narcisista, regresión en
cuanto a la organización del yo, que, a diferencia de la regresión libidinal,
conduce al sujeto a retirarse del mundo exterior y a desprenderse de todo
objeto de investidura. Y es a partir de esta elucubraciones que acuña la frase de:
“él sabe a quién
perdió, pero no lo que perdió en él.”
Con esto Freud hace referencia al empobrecimiento que sufre el yo del melancólico
pues, durante el duelo, la pérdida del objeto lleva a que se le
retire la ligadura libidinal que se puso sobre él, atenuando y haciendo el mundo
exterior pobre y vacío, durante la melancolía, sin embargo, al melancólico el
empobrecimiento le ocurre al yo mismo. Freud diría que su yo se menosprecia y
se enfurece consigo mismo. Quebranto físico, fealdad, debilidad, inferioridad
social, […] sólo el empobrecimiento ocupa lugar privilegiado entre sus temores
y aseveraciones (Freud, 1975:245). La
ambivalencia está inmersa de manera profunda en la melancolía.
Pero la melancolía contiene algo más que el duelo normal.
En sí contiene tres premisas las cuales se dividen en a) perdida del objeto, b)
ambivalencia y c) regresión de la libido al yo. Perdida del objeto se centra en
la libido que quedó libre tras dejar al objeto no se repliega en otros objetos
sino que se retiró el sobre el yo. Lo que conlleva a una identificación con el
objeto resignado. Esto como asevera Freud se debe a la regresión desde un tipo
de elección de objeto al narcisismo originario o primario. En la que el hijo(a)
recibe la primera invetidura libidinal. Recordemos que la organización previa a
la identificación es la de elección de objeto con la cual, auxiliado por la
ambivalencia, el yo distingue a un objeto. Estas consideraciones conducen a la
conocida afirmación de la “identificación con el objeto amado”, que tiene lugar
no sólo en la melancolía. El yo pierde pues recibe los reproches que tenían
como destinatario al objeto, pero también porque sostiene los que provenía de
él como remitente. La diferenciación en el interior del yo merced la
identificación con el objeto lo expone, en este caso, a padecer tanto como el objeto
las querellas que le estaban dirigidas, pero también las que el objeto le
dirigía al yo.
Surge entonces el interrogante ¿Cómo se llega a este
desenlace si se trataba, justamente, de un objeto amado?, ¿El amor es acaso fuente
de querellas y reproches semejantes? Pues bien, Freud concluye que sí, por su
puesto. Pero agrega otro concepto para considerar este punto, el punto (b) el
de la ambivalencia:
“Las situaciones que dan lugar a la enfermedad en la
melancolía van más allá del caso transparente de la pérdida por muerte del
objeto amado, y comprenden todas aquellas situaciones de ofensa, postergación y
desengaño, que pueden introducir, en la relación con el objeto, sentimientos
opuestos de amor y odio o intensificar una ambivalencia preexistente. Este conflicto
por ambivalencia, que se origina a veces más por experiencias reales y a veces
más por factores constitucionales, ha de tenerse muy en cuenta entre las
premisas de la melancolía. Cuando el amor al objeto, amor que ha de ser
conservado, no obstante el abandono del objeto, llega a refugiarse en la
identificación narcisista, recae el odio sobre este objeto sustitutivo,
calumniándolo, humillándolo, haciéndole sufrir y encontrando en este
sufrimiento una satisfacción sádica. El tormento, indudablemente placentero que
el melancólico se inflige a sí mismo significa […] la satisfacción de
tendencias sádicas y de odio, orientadas hacia un objeto, pero retrotraídas al
yo del propio sujeto en la forma como hemos venido tratando” (Freud, 1975:248-249).
Como menciona Styron en su cuento Esa visible oscuridad: “De las muchas
manifestaciones temibles de la enfermedad, tanto físicas como psicológicas, el
sentimiento de odio de sí mismo –o para decirlo de forma menos categórica, la
ausencia total de autoestima- es uno de los síntomas más experimentados, y yo
había venido padeciendo cada vez más una sensación general de inanidad a medida
que el mal progresaba (Styron, 1992:17). Es
por la ambivalencia que la melancolía puede contener una gama basta de
posibilidades a diferencia del duelo donde se lidia con la pérdida real del
objeto, la muerte del objeto. Es menesteroso notar que el odio pugna por
desatar la libido del objeto y el amor pugna por salvar del asalto esa posición
libidinal. Freud formula la hipótesis de que la ambivalencia inconsciente que
se suma a toda relación de amor, libra sus batallas en el reino de las huellas
mnémicas de cosas [sachliche Erinerungspuren] (Freud,
1975:254) es decir, en el inconsciente, y que en el duelo, a diferencia
de la melancolía, estos procesos se expresan y resuelven pasando por las
huellas mnémicas de palabras, es decir, por el preconsciente, hasta la
conciencia. En la melancolía, esta vía parece bloqueada, y el síntoma remitiría
más a un desfallecimiento del yo, que a una fijación de la libido en un tipo de
relación de objeto.
Se podría decir que el melancólico vive en un
estado de duelo perpetuo, o incluso que la melancolía se asemeja a un duelo que
no termina por elaborar, como si estuviera en un bucle… ¿tendrá que ver que el
síntoma preponderante de la melancolía sea la tristeza? Colina argüía que así
como el síntoma por excelencia del paranoide era la desconfianza; el deseo es
el eco de la tristeza, ya que la función última del deseo era diluirse en
tristeza para dar pie y continuidad a la siguiente apetencia (Colina, 2011:59), sin embargo, cuando la
melancolía se torna enfermiza y no puede trasformar la pérdida en estimulante
falta se le dificulta el depositar en un sucesor lo que ha perdido.
Ahora, Colina exhorta a pensar que la
depresión no es una enfermedad y no hay motivos para tratarla como tal; aunado
a esto asevera que se debe tratar de manera plural que puede surgir en la
totalidad de los procesos psicopatológicos (Colina,
2011:74).
La melancolía envuelve temas que, por lo
menos a mí, me ayudaron a esclarecer la manera en que se mira, pues como lo
manifesté al principio del texto, la opinión popular o cientificista es la que
más se expone y la que gana más adeptos. Al final de cuentas lo que nos invitan
los textos escogidos para el ensayo a darnos un acercamiento y colocarnos en
distintos puntos desde donde mirar la melancolía. Tanto el texto de Freud, de
Colina y de Styron son la combinación adecuada para entrelazar las teorías de
Freud, la multidisciplina que utiliza Colina y el cuento de Styron que ayuda a
retratar lo teórico con una narrativa fenomenal, luego, para comenzar a
entender la idea de lo que va la melancolía y de lo que lleva intrínseco en la
psique de los sujetos, de la censura que sufre la melancolía, el conflicto en
el yo y, siempre que el deseo está comprometido el deseo, en cualquier
actividad que realicemos, sólo habrá dos destinos a lo que puede llevarnos ese
empujón, uno que puede inhibir la acción u otro que puede intensificarla.
* * * * * * *
La melancolía es una red mediadora que
comunica entre sí el sufrimiento de los hombres. Es un prototipo universal del
dolor. Un mal eterno donde todos nos reconocemos […] (Colina, 2011:53).
Bibliografía
Colina,
F., 2011. Melancolía. En: Melancolía y paranoia. Madrid: Editorial
Sintesis , pp. 39-93.
Freud, S., 1975. Duelo y Melancolía. En: Obras completas
Amorrortu XIV. Buenos Aires: Amorrortu Editores, pp. 237-255.
Styron, W., 1992. Esa visible oscuridad. Memoria de la
locura. Ciudad de México: Grijalbo.
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